“DECIR ADIÓS, el duelo en otra dimensión” es un ensayo descriptivo que expone el drama de acontecimientos desarrollados durante la ruptura de la vida terrenal. En este ejercicio retórico el autor trata de resumir las imágenes de los hechos vividos, a la vez, proyecta su metódica para afrontar la dolorosa ruta del duelo. Un proceso de emociones dispersas sobre la experiencia más difícil e inesperada, cuya lógica, es dirimida en la serie de capítulos. Por ello, cada uno asume parte de las definiciones anunciadas para señalar las claves del profundo dolor. Duelo periodizado antes, durante y después de la entrada a la fatalidad, por lo cual, su recorrido se torna complejo y desafiante, en cuanto, a la reproducción de secuelas permanentes. Además, avizora la reforma de los pensamientos. Basado en su propia experiencia, el autor responde al interés de convalidar sus actos a través de la observación del lector de la obra. A la vez, su objetivo ronda alcanzar la comprensión del doliente a fines de indicar nociones pertinentes a sobrellevar las trágicas etapas. A todas estas, el duelo es la principal categoría transversal para identificar las líneas generales del texto. Primero, en su contexto referencial, tras ser analizado desde los argumentos de Freud y otros renombrados maestros; segundo, en su forma de manifestación, que aflora el sentir particular del doliente como efecto y consecuencia. El autor entre sus trances narra y describe en primera persona el fenómeno acaecido, para mostrar las penurias de su convalecencia. El ensayo se enfoca a localizar las miradas de los interesados, ante una realidad asimétrica, que, al rato, parece desvanecerse, para vencer muros de contenciones. Sin embargo, al mismo tiempo impone las drásticas desviaciones de la normalidad familiar. En cuanto, al sentido del duelo, el autor, como doliente se pasea por todas las fases del crudo proceso, admite su reacción ante la pérdida de su único hijo, la cual desequilibra su condición humana. Cancela el interés por el mundo y su alrededor, para sumergirse en recoletos lugares imaginarios que asistan la presencia del fallecido. Tal situación implica abstenerse de ejecutar y desarrollar algún tipo de productividad y la renuencia de apoyarse en el consuelo de otro sentimiento que no sea el añorado. De esta manera, evidencia síntomas de inhibición y angostamiento para la entrega total a la zona de duelo. Territorio donde el imaginario se impone a la realidad, la cual solo llega a encajar determinadas piezas sobre el sufrido escenario lamentable. Con legitimidad, el doliente se niega a quitar la libido enlace con el ser perdido, aun cuando este solo vive en su psíquico, su renuencia se impone mientras que el entorno escale los grados y partes para lograr reponer el estado real en la conciencia. El Dolor, las aflicciones y los sufrimientos disminuyen la intensidad con la actitud de asumir nuevas perspectivas de vida. Un trance del relato exhibe el sentimiento del triunfo del sobreviviente, fenómeno psicológico que a menudo manifiestan quienes sobreviven a un evento, mientras que otros no. En este duelo, el doliente formaliza gestos de vergüenza, por no poder intercambiar la posición de la pérdida, ¿por qué él? Un caso especial, que se ajusta a la creencia que los hijos deben despedir a sus padres y no que estos deban llorar a sus hijos, más allá cuando se trata de un niño comenzando a vivir. En esas maniobras, el narrador, en su rol de doliente, cuestiona sus creencias y todo aquello responsable de su pérdida. Por último, el autor penetra las columnas de su renovada comprensión, para adaptarse a un paradigma trascendental que fluye la espiritualidad y el reconocimiento de un universo paralelo. En ese centro, afirma la continuidad de la vida, al darse réplica de eventos en planos distantes del pensamiento científico.
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